Un paso en la estabilidad, otro en la revolución. Che Guevaras pisan fuerte en mis pensamientos y lo nublan todo, el valor o la cobardía no me alcanzan para mirar al cielo y ver por última vez las nubes de algodón adoradas antes de sentir el filo de la guillotina liberando la presión. Como si el no existir fuera grato, como si después de muertos pudiésemos disfrutar del descanso. Para qué morir si no tenemos la certeza de gozar el funeral, no me compro el cuento del finadito feliz.
Un paso acá, uno allá. A lo Víctor Jara “ni chicha ni limoná”. Agradecida del cambio, temerosa de las consecuencias. Malditos principios alquímicos, no es justo transformar el carbón en oro y ver desaparecer el negro terrón minero. No es justo entregar algo y dar a cambio otro abalorio del mismo valor.
Mal que mal te tomé cariño, me agrediste por años, funcionamos bien. Tú con tus mañas, yo con mis histerias. Tú cubriendo inseguridades al regalarme la culpabilidad, yo rindiéndote pleitesía, taponeando el agujero vacío con más aire, pero sin oxígeno; con llanto opacado, con una caricatura de felicidad, con “está todo bien”, con anhelantes “no lo volverá a hacer”. Me golpeaste, es cierto, pero más de una vez lo tenía merecido. Lo tenía merecido, claro, si yo siempre te hice sentir mal. Yo y mis palabras, yo y mis atenciones de mierda, yo la hija de puta que no sabe cocinar un plato decente y tener la camisa azul para el día viernes. “Llego tarde, amor, no me esperes”…
Lo merecía, lo sé, lo merecía…En verdad lo merecía?? Por qué ahora parece ser todo distinto, por qué ya no están tan bien tus humillaciones, por qué el cambio, por que me abrieron los ojos y me quitaron la pasividad, por qué me enseñaron el error y no me dejaron las instrucciones para sobrellevar la frustración de saberme errada? No hay peor ciego que el que no quiere ver. No, eso no es cierto. No hay ciego más desgraciado que aquel que le devolvieron la vista y no le entregaron las armas para moverse en el mundo de las luces que en el fondo no son luces, son apariencias.
Gracias señorita, gracias por llevarme al infierno de la conciencia, gracias por pasarme una boleta de honorarios por 30.000 lucas y a cambio enseñarme a odiar lo que siempre quise.
“Mándalo a la cresta”. Lo hice y aquí me tienes. Mírame. Se me borró el rubor violáceo y olvidé el ardor de sus palabras…pero el grifo del alma sigue sangrando… y ahora no tengo fuerzas para negar el charco que se acumula a mis pies…
PaZ








